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Amaya y el río que aprendió su nombre

6 sept
2 min de lectura

Un cuento de Sol Kötzing con ilustraciones de Baltazar Rojas


Antes de comenzar el cuento...


Te invito a cerrar los ojos durante un minuto y a escuchar los sonidos del lugar donde estás.

Ahora, responde:


¿Alguna vez sentiste que un lugar tenía algo que contarte?"

Hoy conoceremos a una niña que descubrió que algunos lugares también saben responder cuando alguien aprende a escucharlos.


Cada mañana, Amaya, saludaba al bosque.

- ¡¡Buenos días!!

Aunque nadie contestara.


O eso creían los demás.


Porque Amaya sabía esperar.


Y cuando el viento movía las hojas del canelo … sentía que alguien le respondía cálidamente, con una breve caricia que le regalaba la brisa de los árboles.


Amaya siente que el bosque le responde con la brisa.

¿Cómo imaginas que saluda el bosque?


Le gustaba caminar junto al río,  lo que más le permitiera su madre.


Conocía las piedras redondas y lustrosas, las flores pequeñas, doradas por el sol del verano y  las libélulas azules que descansaban sobre el agua.


Pero una mañana... el río sonaba distinto. Más bajito, sin la vitalidad de siempre. 


Parecía triste.


Amaya miró alrededor.


Entre las ramas había botellas, bolsas,  escombros dejados como si nada.


Amaya descubre el río lleno de basura. 

¿Cómo crees que se siente el río en este momento? 


Sin decir una palabra, comenzó a recoger lo que cabía en sus manitas. Cada basura,una por una, hasta que las fuerzas se le acabaron.



Al rato llegó su abuelo. Comenzó a ayudarla sin preguntar qué había pasado. Se agachó y comenzó a recoger una botella.


Después, movida por la curiosidad, llegó una niña del barrio, luego un vecino.

Y  sin darse cuenta, eran muchas manos trabajando juntas.


Ya están ayudando muchas personas.

¿Qué creen que sintió Amaya cuando dejó de estar sola?



Cuando terminaron, el agua volvió a correr ligera y, juguetona, una mariposa azul pasó rozando la nariz de Amaya.



De pronto, las hojas de los árboles nativos, comenzaron a moverse, muy despacio, muy suave, casi como un susurro. Su piel se erizó


Amaya sonrió. 

Tal vez el bosque no hablaba o tal vez siempre había hablado.

Solo hacía falta aprender a escuchar.

Dijo adiós con una sonrisa y una caricia al agua. Y se fue feliz, de vuelta por el bosque.




La historia continúa:


  1. ¿Qué parte del cuento quedó dando vueltas en tu cabeza?

  2. ¿Cuál fue tu ilustración favorita?

  3. ¿Por qué crees que Amaya siempre saludaba al bosque?

  4. ¿Crees que un lugar puede "decir gracias" sin usar palabras?

  5. Si pudieras visitar el río de Amaya, ¿Qué le preguntarías?


 
 

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